Salimos por la mañana en autobús de Mandalay a Bagan, conocemos a un chico birmano que quiere ser cardiólogo, nos
pregunta con curiosidad cómo se llega desde España hasta aquí, cuanto se tarda, cuanta gente vive allí y lo anota todo en su cuadernillo. La mayoría de la población birmana no ha salido nunca de su ciudad, varios chavales nos han bromeado diciendo que el único viaje que pueden hacer es en sus sueños, cuando son libres, sin fronteras ni penurias económicas.
Durante el viaje va subiendo gente, como todos los asientos están ocupados se sientan en el pasillo sobre taburetes, principalmente son mujeres con niños, a pesar de las duras condiciones de su vida no pierden la sonrisa y se las ve radiantes de energía, levantan sus hijos con mucho esfuerzo, son luchadoras como las que más. En el paisaje relucen las cúpulas doradas de las pagodas repartidas por los campos, chozas de paja donde viven los campesinos, gente cultivando campo de manera tradicional, arando con bueyes o segando a mano, cosas que se han perdido en nuestro país con la mecanización.
Al llegar al entrada de Bagan, sube al autobús una encargada del gobierno para pedir a los turistas que bajen a pagar la tasa de 10 dólares por entrar en la ciudad turística. Nos hacemos los suecos y no bajamos, el autobus sigue de largo y llegamos al pueblo. El problema es que en el hotel nos piden el número que aparece en el ticket de pago para admitirnos, todas las fichas las tienen que pasar a la oficina del gobierno y si algun dato es incorrecto, se arriesgan a que les cierren el hotel durante 6 meses como castigo. Así que no nos toca otra que pagar la entrada muy a nuestro pesar, el dinero irá a parar a las arcas del gobierno.

